Euskadi (circa 1913): Eleuteria Arrospide Oar y parientes
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Capítulo de libro( novela histórica) o guión cinematográfico. 2007.
Amparo Pérez-Arróspide Gutiérrez~
Editor Poetry Life and Times ISSN 1752-3265
Published youtube.com 2007
Copyright Amparo Pérez Gutiérrez
(Este clip hace referencia a otros dos de la serie: Bizkerre: El caserío del pasado y Mi caserío Bizkerre).
No son fantasmas, los antepasados de uno, los ancestros, sino algunas de las personas de la selva genealógica o del árbol de la vida. Nos han precedido y se fueron, eso es todo.
Pero explorando sus vidas, biografías, la intrahistoria, la historia pequeña y cotidiana, podríamos aprender sobre nuestras dudas actuales, nuestras angustias existenciales, precisamente cuando el planeta puede acercarse a su apocalipsis si algún dios más humano que nosotros no le pone remedio.
Aparecen de derecha a izquierda y segun el orden de la cámara: Lorenza (que actualmente tiene nieto(s) supervivientes en Gernika); Don Oar (el mayor con facciones impresionantes y chapela); Aniceta (fila superior, señorita con moño); Eleuteria Arrospide Oar; el hermano Isidro aparece como fantasma en la pared, ya que por esas fechas andaba en America; el pequeño con la boina era Felix, que marcho de pastor a Idaho. La abuela, Francisca Oar, sostiene en su regazo a uno de mis futuros tíos, tal vez, junto a las niñas Felipa y Sabina. Testimonio de Fructuoso Pérez Arróspide. Algunos de los nombrados aparecen en una fotografia del Almanaque publicado por la BBK en 2005 (vease "Mi caserio Bizkerre"), que retrata la ex casa-torre donde nacerían algunos y donde vivió Eleuteria.
Recuerdo cómo se enternecía la voz de mi padre, Celestino, al hablar de la tía Felipa y de la prima Begoñita (que nacería años después).
Creo que sobre mis padres, durante su estancia en Argentina, pesó siempre la nostalgia como una manta húmeda: nostalgia de su tierra y sobre todo de sus seres queridos.
Había vínculos inextinguibles, con una guerra civil de por medio, extrañamientos, exilios: se habían forjado ya (cuando se conocieron mis padres años más tarde, en Buenos Aires) lealtades, compromisos más allá de la muerte. Imposible quebrantarlos sin gran pérdida espiritual. Aquí cabe referirse a la importancia que tuvo la noción de la familia (gran familia entonces, con una media de muchos hijos por mujer) en la vida de mi madre, que no tenía orígenes vascos. Y esa familia había quedado también atrás --aunque ella no fuese emigrada política--, en Santander, tierra limítrofe, escabrosa de montañas.
(continuará)
