Personas Extraordinarias

Tal vez la óptica, la perspectiva infantil sería la más adecuada para percibir lo extraordinario que late en las personas más corrientes en apariencia. Algunas que estimularon mi niñez en Buenos Aires: Fanny B. de González y su marido Carlos González; Leonor Labrada, maestra; y Julieta Gómez Paz, escritora.

Fanny B. de González fue mi profesora de piano durante al menos dos largos años: íbamos a su casa a recibir lecciones. Y digo íbamos porque tenía muchos alumnos y porque mi compañera de colegio, María de los Ángeles Lorenzo, de padres gallegos, también tomaba clases con Fanny. Esto pasó cuando la familia ya se había mudado al piso de Soldado de la Independencia, en Palermo. Extrañamente, adentrarse en el barrio y la casa de Fanny no se relacionan con las calles donde yo vivía y jugaba. Pero no servirá de mucho disponer de un mapa o callejero actuales. Recuerdo que había un hipódromo por la vecindad, porque solía rehuir a las muchedumbres ("los burreros") que iban o venían de las carreras, donde muchos apostaban todo el jornal. La primera parada de seguridad, rumbo a las clases de piano, fue la casa de María de los Ángeles, una niña delgada y menuda, de piel muy blanca y larga cabellera castaña. Su madre, Ángela, la peinaba a veces con un par de trenzas largas, estiradísimas, terminadas en lazos de raso. Juegos interminables, en la calle, frente a la casa, en espacios sin coches, las veredas con árboles: saltar a la comba y muchos otros más, cuyos nombres argentinos no recuerdo. A veces, María de los Ángeles llevaba el pelo suelto, apartado de la cara con una vincha. Nuestras madres dejaron de hablarse más adelante, por una cuestión de cubertería, y no sé qué habrá sido de la niña antigua, paciente y recargada, como hija única, de amor y obligación hacia sus padres emigrantes.

Pero la casa de Fanny era mucho más alegre, tan grande que ocupaba casi media cuadra, con una planta inferior, patio interior, escaleras a un segundo piso o ático misteriosos, y más arriba aún, a una terraza donde el sol resbalaba por las plantas y palomas. La había construido Carlos González, albañil que debió de tener muy sólidos conocimientos de constructor, y poeta. Publicaba una hoja de poesía: "Gorrión de Barrio" que él mismo distribuía. Además, era comunista y ateo. Estas cosas las fui sabiendo a través de mi madre, con quien se sinceraba Fanny, miembro de los Rosacruces, y que se iba distanciando cada vez más, con gran pesar, de su marido. Ya no podían amarse. Mientras las tensiones crecían en ese matrimonio, íbamos a las clases de solfeo, y a tocar en uno de los pianos que había en el salón de abajo. Fanny y Carlos tenían dos hijos adolescentes, ambos buenos pianistas. Así que la casa a pesar de todo irradiaba música y musicalidad. Con Fanny conservamos la amistad por correspondencia, hasta muchos años después de habernos ido de la Argentina. Nos escribía cartas de varias hojas, con su caligrafía llena de redondeces, como ella misma.

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