Al estallar la guerra civil, Lucio Pérez Rojo trabajaba como empleado municipal en el ayuntamiento de Bilbao. Al entrar las tropas fascistas, lo arrestaron por el sólo hecho de ser funcionario del antiguo régimen. Iban a llevarlo en uno de los camiones donde metían a los condenados a muerte y a los que querían fusilar o asesinar fuera de la vista de los demás civiles. Y entonces, quiso el destino que llegase uno de sus hijos, Celestino, en uniforme de los italianos (porque lo habían secuestrado las tropas italianas, en la defensa de San Sebastián), a las puertas mismas del Ayuntamiento de Bilbao. Gracias a este encuentro fortuito, tal vez salvó la vida mi abuelo Lucio, pero fue a parar a las cárceles. Ocho años de visitas a la cárcel para Eleuteria. El abuelo murió cuando estaba a punto de embarcar, finalmente, hacia la tierra prometida: Argentina.

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Desde 1937 hasta 1945:
Ocho años de cárceles fascistas. Se reanuda así la historia de dos uniformes: el de Fructuoso Pérez-Arróspide, que acompañó al soldado de la Otxandio primero en Francia y luego en Argentina, y la de Celestino, unos pocos años menor que Fructuoso. Celestino no pudo ya librarse del uniforme de las tropas ocupantes, por la sencilla razón de que, reo convicto su padre, Lucio Pérez Rojo, por haber sido funcionario del Ayuntamiento de Bilbao bajo el antiguo régimen, el mejor modo de librar al resto de la familia de la ruina y la muerte fue que el delgado adolescente de 17 años siguiera llevando el uniforme fascista. Y así tuvo que ser hasta que también él viajó a Argentina, precedido en el exilio por Fructuoso, como ya se ha dicho, y Servando, el menor de los hermanos --hijos de Eleuteria y Lucio.

Según palabras de Fructuoso, en nuestro breve encuentro en Bilbao, Servando tuvo que embarcar rumbo a Buenos Aires sin nada, es decir, sin ningún tipo de documento de identidad ni mucho menos pasaporte. Sin billete: escondido en las bodegas enormes, como polizonte, protegido por uno de los marinos que conocían a la familia. Cuando desembarcó, lo esperaba su hermano mayor, Fructuoso, para entregarle furtivamente su propio documento de identidad, que sirvió esta vez como visado y pase de Servando.

Celestino y Domingo, el hermano mayor, siguieron en Euskadi, ayudando a la familia con lo poco que ambos ganaban, en la posguerra. Extraño sino el de mi padre, que debió llevar un uniforme contrario al de sus convicciones por el bien de los suyos. Y que, una vez en Argentina, siguió contribuyendo también, con sus ahorros --como los demás hermanos—a los donativos para el gobierno vasco en el exilio.

Para compensar un poco la tristeza de estos recuerdos, están los pavos reales, faisanes y hasta ardillas que poblaban los jardines de Bilbao antes de la guerra y que reaparecen en el presente gracias a las palabras de mi tía María Jesús Baroja (véase clip "En Buenos Aires, la familia a bordo").
En la última fotografía de esta serie, aparece Celestino a su llegada (en 1972) al aeropuerto de Ezeiza.

(continuará: véanse capítulos en las descripciones de esta serie histórica).

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